• 2024-05-27
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SOTTO VOCE

Editorial

El Externado de este milenio no sería reconocido por sus padres fundadores. No propiamente por sus ampulosas edificaciones que hoy adornan el barrio “La Candelaria” y los cerros orientales, sino porque los principios fundantes del combativo y enhiesto Externado han perdido vigencia lenta pero perceptiblemente.

Desde la también accidentada y cuestionada Rectoría de Henao, algunos profesores liderados por la entonces decana de derecho, en una de las fatigantes asambleas de profesores, sin éxito propuso que se aprobara un comunicado exhortando a la comunidad docente a no dar declaraciones a los medios sobre la grave crisis que entonces atravesaba el mal gobierno del Externado. La iniciativa estuvo a punto de ser aprobada, de no haber sido por el llamado de atención de una profesora que recordó al auditorio que con ese comunicado decretarían censura a la libertad de expresión y a la de prensa. Les evitó una vergüenza a quienes creyeron que por vía de una decisión de una asamblea controlada por las directivas podían silenciar las voces que entonces asumieron la responsabilidad de criticar lo que permanecía en la penumbra, la misma que hoy inflama la apremiante necesidad de enderezar el rumbo equivocado de la Universidad.

Unas recientes e inofensivas declaraciones del director de El Radical a unos estudiantes y a una profesora de la facultad de comunicación, mostrando su extrañeza porque no hubiere un medio de difusión precisamente entre los alumnos de esa facultad, sirvieron para que en el Consejo Directivo se volviera a tratar el tema de no ventilar nada de la Universidad en los medios. Bajo el tramposo estribillo de que “la ropa sucia se lava en casa”, otra vez se pretende que nada salga a los medios porque es la manera más segura de que tampoco se sepa que adentro no se mueve una sola hoja sin la venia rectoral.

Lo último que se ha conocido es un documento fechado en octubre de 2022 por medio del cual, el Consejo Directivo, parece haber aprobado o estar considerando adoptar un Acuerdo de Confidencialidad, que impone a sus miembros la obligación de “guardar estricta reserva y confidencialidad de la información confidencial que” reciban del Rector. E información confidencial se refiere, pero sin limitarse a este listado, a “toda la información técnica, tecnológica, financiera, patrimonial, comercial, estratégica, académica, jurídica, administrativa, litigiosa, de productos de mercado, datos, ideas, especificaciones, la relacionada con las operaciones y negocios presentes y futuros o cualquier otra información” que el Rector – o parte reveladora como se auto denomina en el Acuerdo -, indique que “es confidencial, sea escrita, impresa, en medio magnético, transmitida oralmente o por medios visuales o por cualquier otro medio”.

El tal Acuerdo de Confidencialidad consagra que tendrá una duración de “cuatro (4) años contados a partir de su suscripción”, durante los cuales todo el Consejo Directivo quedará sometido a la voluntad omnímoda y vacilante del Rector de turno.
Leyendo ese inexplicable y grotesco Acuerdo de Confidencialidad, cualquiera se preguntaría qué clase de negocios o inversiones se manejan en el Externado que justifiquen la necesidad de guardar silencio inclusive sobre aspectos académicos. Un compromiso de esta magnitud es propio de un emporio industrial, pero nunca de un centro de pensamiento, menos el que se ufana de ser libertario, pluralista, democrático y abierto.

En la Rectoría de Henao el grupo de profesores que se sumó a este esfuerzo de El Radical elevó su sentida protesta por el hecho de que el Externado quedara silenciado, y que no se abrieran los libros y archivos contables para que a través de una auditoria transparente la comunidad se enterara de todo lo que estaba pasando entonces, preocupación legítima que aun hoy sigue sin enfrentarse, ni solucionarse. Tampoco en estos tiempos ha sido viable autorizar una auditoría. A través de El Radical se reclamó el derecho a estar informados, pero nunca se previó que precisamente uno de los entonces profesores disidentes, hoy Rector, iba a enmudecer obligatoriamente y bajo amenaza de demanda a su Consejo Directivo con un documento pomposamente disfrazado con el nombre de “Acuerdo” pero que en realidad es una mordaza.

El Acuerdo de Confidencialidad registra otras perlas que a lo mejor será necesario discutir posteriormente, cuando los profesores tomen conciencia del ambiente de censura que esto implica y del secretismo que impone, pero la más severa y extraña, sin duda, es la estipulación séptima titulada “Solución de Diferencias”. Reza así: “Toda controversia que se derive con ocasión del presente ACUERDO, se intentará resolver en primera instancia mediante los mecanismos alternativos de solución de conflictos sea arreglo directo, la decisión de amigable componedor o conciliación dentro de los treinta (30) días siguientes a la comunicación de la parte controvertida, de no poder solventarse la diferencia en tal término, LAS PARTES podrán acudir a la Jurisdicción Ordinaria para dirimir las diferencias derivadas del presente ACUERDO”.

Difícil creer que los miembros del Consejo Directivo hubiesen soñado con la pesadilla de terminar siendo demandados o teniendo que demandar en la justicia ordinaria por causa de un Acuerdo de Confidencialidad, pero lo firmaron. Pacta sunt servanda recuerdan los abogados…
Quienes están elegidos como miembros del Consejo Directivo no lo fueron para convertirse en enemigos ni aduladores de la administración. Alcanzaron merecidamente esa dignidad porque el electorado externadista confió en su independencia y autonomía, hoy comprometida con este Acuerdo que – de acogerse, si es que ello no ha ocurrido ya – cambiaría para siempre la historia del Externado que surgió de las sagradas cenizas de la batalla de la Humareda. ¡Quién lo creyera!
Como dice el verso del antioqueño Jorge Robledo Ortiz: “Siquiera se murieron los abuelos/sin ver como afemina la molicie” .

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